08 septiembre 2006

CAMP 4



La escalada Yosemítica ha producido poco periodismo. Los integrantes de esa comunidad escaladora han escrito, sobre todo, a cerca de grandes escaladas en las que han participado. La revista Mountain es una publicación Inglesa con una pequeña tirada en USA. En julio de 1969 hicieron un número especial sobre escalda en Yosemite. Parte de ese número es el siguiente artículo. Es el tipo de artículo que nunca habría sido escrito sin un requerimiento del exterior, sin un interés por parte de lectores foráneos pero de cierta familiarización con este tipo de escalada. Escrito en el “dialecto” típico de los escaladores, captura bien la imagen de la vida en el Campo 4 durante los años 60.
(Galen Rowell 1973)



(Artículo originario de Doug Robinson 1969)

El Campo 4 es el hogar físico y espiritual de los escaladores de Yosemite. Está situado muy cerca del centro geográfico del valle, allí donde las viejas y estables paredes rocosas, pobladas de robles y líquenes, se hunden bajo sus caras norte, hasta unirse con las praderas del río Merced. En contraste con su espectacular puesta de sol, ha llegado a ser lo más pisoteado y polvoriento, probablemente lo más ruidoso, y seguramente el menos habitable de todos los campamentos del valle. Es el único que abre todo el año, y fue durante mucho tiempo un lugar lleno de remolques, mascotas y de tantas otras cosas indeseables y de difícil clasificación. Sin embargo, los escaladores lo prefieren a cualquier otro lugar.


A diario, y en pleno verano, es también el “hogar”de familias completas de turistas, con sus ruidosos perros, sus caravanas completas, y sus aparatos de televisión incluidos. Hacia el anochecer, y según los últimos niños revoltosos levantan las últimas polvaredas durante sus ajetreadas cenas, comienza el regreso de las hordas de escaladores, con todo su característica sonoridad metálica. Por parejas o en grupos de tres, hablando y riendo, con un cansancio exagerado y fácilmente visible en los manchurrones de tierra y sudor de sus frentes; con el brillo pizarroso que los mosquetones han dejado en sus manos, y con esos típicos pantalones “Granny Grundie” de 15 centavos, hechos añicos desde la altura del cinturón, hacen su aparición en el lugar para reclamar su derecho de estancia. Se quiera o no, es realmente su zona de acampada. Los turistas han penetrado, sin darse cuenta, en un círculo mágico. Han entrado en el centro de un campo de fuerza de tradiciones y emoción.

El servicio del Parque colocó mesas, y los escaladores las usaron para apañarselas. Era lo único parecido a un hogar para ellos. Manteles de hule, estufas, cajas llenas de cacerolas y sartenes, linternas de keroseno; las inevitables guías de pastas rojas “A Climber´s Guide to Yosemite Valley” de Roper, y diversos talismanes. Una clavija de "V" rota, y algún reproductor de discos con alguna colección de Beethoven o de los Rolling. Una variada colección de kletas y botas de montaña, en sus diversos estados de decadencia, puestas en línea bajo las mesas. El campo se completa con una colección de cuerdas, material de hierro variado, y petates apoyados contra algún árbol. Los escaladores también poseen su típico escondite a prueba de osos, colgando de una rama de árbol, y camas a cielo descubierto fabricadas de ramas de pino. Un confortable hogar para varios meses. En los momentos álgidos de la temporada, durante primavera u otoño, al menos la mitad del Campo 4 aparece ataviado con este tipo de “atuendos”.

Es probable que los bloques diseminados alrededor de la zona fueran los que atrajeran a los escaladores, desde un principio. De una escalada frontal y en “mantle”, y pequeños agarres, la mayoría de estos “problemas de boulder” son inadecuados para entrenar la clásica escalada de fisuras de las paredes del valle. Aun así son muy populares. Una horita de boulder mientras se hace la cena, es algo muy habitual. Además, los bloques sirven para otras funciones. Son un punto natural de reunión en el que los escaladores que han llegado solos, pueden encontrar compañeros para el día siguiente. También son centros de atracción de churris turistas, que acuden a mirar, charlar, y ser invitadas a alguna fiesta nocturna, satisfaciendo, de esta manera, otra de las necesidades básicas de los escaladores.

Los atardeceres del Valle siguen un ciclo irregular de noches tranquilas, alternadas con noches de fiesta. El frescor que reina a veces, muy bien recibido después de lo abrasador de algunas jornadas, ahuyenta la necesidad de buscar cobijo. Es así como los escaladores pasan largas rachas de convivencia plena con el medio, completamente al aire libre, organizando muchas de esas fiestas. Muchas de ellas han sido legendarias, como la del 20 aniversario de la ascensión a la Lost Arrow, cuando catorce escaladores escalaron la aguja, e hicieron la tirolina, esperados arriba por otros treinta, para celebrarlo con cervezas y té de los Montes Tetons, alrededor de una enorme hoguera.
Las fiestas son frecuentes, a veces espontáneas, y muchas veces impredecibles. Cuando una se monta suele ser demasiado tarde para que los turistas puedan quejarse del ruido; cosa que cuando ocurre, obliga a los juerguistas a abandonar la zona o tener que plantar cara al ranger de turno. Recuerdo una de ellas en la que me fui pronto a dormir, y me desperté viendo como un escalador dirigía, con su linterna, una procesión de tarados aferrados a sus botellas de vino. Cerrando la fila iban dos figuras más silenciosas y de paso más seguro, con sendos sombreros de “Smokey-the-Bear” (¿¿??).

A unos setecientos metros del Campo 4, a través de praderas de ondulantes hierbas, el río Merced dibuja un ancho meandro, y forma la playa de Sentinel, en el remanso de sus aguas. Desde lo alto, el Sentinel observa todo lo que allí acontece: los mirones de escaladores, los mirones de churris, los dormilones, los bañistas, y los que se dedican a leer con los pies descalzos en las arenas. Y a veces, por la noche, la luna asoma por detrás del Sentinel para mirar, bronceada y luminosamente escurridiza, a bailarines desnudos en el río, mientras botellas de vino medio llenas, quedan clavadas en caóticos ángulos sobre la arena.

Y las tardes tranquilas. Con grupos en camisas de manga larga alrededor de una mesa; jarras de té, discusiones sin final, de escaladas, escaladores, filosofía, religión, y todo tipo de sujetos. Y silencios. Con el final de un pensamiento desvaneciéndose entre la luz de una linterna, los últimos transeúntes se van callando y se van a la cama. Y la densa oscuridad parece traer una nueva dimensión. Una profundidad y un silencio que se espesa tras de ti, antes de que la noche se haga realmente palpable. La unión espiritual, los sentimientos hogareños, en este polvoriento campamento, y el compañerismo con los otros. Todo se hace casi visible por unos breves instantes, al final del día, antes de que vaguemos silenciosos para dejar caer nuestros cansados cuerpos sobre la oscura cama hecha de pinos…para que horas después, con una ligera sensación temblorosa, bajo las sombras de la luna filtrada entre las ramas de los robles, reptemos hasta el saco de dormir.
Por la mañana el sol tarda en escalar hasta lo profundo de este valle. Pero la luz de la mañana promete el calor del día. Los escaladores se levantan temprano, no por su rigor alpino, sino por comparación con los turistas. Y se asiste a unos breves momentos de calma expectante, solo rotos por el familiar y grabe rugido de un fogón Primus que calienta el té matinal. Cuerdas, mazas, y clavijas, cuelgan amontonadas de cordinos en las cercanas ramas de los robles. En este momento de expectación, los pensamientos de los escaladores comienzan a abandonar el Campo 4, y se desplazan a lo alto de las paredes, al problema elegido para ese día.
(Del libro "The Vertical World of Yosemite" de Gallen Rowell, 1973)

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