06 abril 2006

THE NOSE (La Apertura)

Harding abriendo el largo del Techo asegurado por Calderwood en estribos




En 1955 Warren Harding y Royal Robbins escalaron juntos en un primer intento a la cara noroeste del Half Dome. Esperaban regresar en 1956, pero ese encuentro no se produjo. En 1957 Harding tenía organizado su propio grupo, y llegaron a Yosemite encontrándose a la cordada de Robbins a punto de salir a cumbre. Harding subió a la cumbre a esperarles, pero el siguiente salto después de esto quedó claro para él: sitiaría la Nose del Capitan.
Entonces comenzó uno de los grandes dilemas éticos de la historia de Yosemite: la escalada fijando grandes tramos de cuerdas. Un grupo de escaladores prefería que las paredes inescalables de la época quedaran a la espera de poder ser ascendidas en el estilo clásico o alpino (es decir, de un solo intento, como la ascensión del Sentinel o la del Half Dome). El otro grupo pensaba que hasta que nadie fuera capaz de hacerlo así, podrían ser usadas las tácticas de asedio con cuerdas fijas. El resultado fue obvio. Un grupo quedó inactivo, y el otro comenzó a fijar cuerda durante un largo período de 18 meses.
Si bien se suponía que las cuerdas fijas facilitarían la tarea y permitirían a los escaladores comer decentemente en el Lodge cada noche, Harding y los suyos nunca triunfaron en ese aspecto. El ataque final a la vía fue de 12 días sin poder bajar. Harding buriló durante 14 horas seguidas, en desplome y de noche, para llegar, tras 28 bolts, a la cumbre del Cap justo antes del amanecer.

La escalada aportó algunas importantes novedades. Bill “Dolt” Feuerer diseñó equipo especializado que luego no volvió a ser usado. La “Carretilla Dolt”, una especie de cesta de la compra con dos ruedas de bici, fue remontada hasta la Dolt Tower (a unos 350m del suelo), por medio del “Torno Dolt”, un aparato de remolque anclado con buriles en lo lato de aquella amplia repisa. Las razones para hacerlo fueron de índole humana. Los 350m de cuerdas pesaban mucho más que la carga útil que ascendieron. Los embrollos en la repisa con aquella larga cuerda fue algo que les minó bastante la moral. Harding no estuvo seguro, tiempo después, de si fueron realmente capaces de ascender más comida y agua de la que realmente necesitaron para hacer funcionar aquel artefacto.
Pasaron un total de 45 dias en la pared, y la actividad fue reflejada por primera vez en el Alpine Journal americano, en 1959.

A día de” hoy” (1973), durante rachas de buen tiempo pueden verse varias cordadas escalando el Cap del tirón. La Nose, en cualquier caso, fue temida durante unos cuantos años. Desde la apertura, hasta 1965, solo tuvo 3 repeticiones. “Hoy” (1973) es escalada hasta 3 veces al mes.


(Galen Rowell)





(Reseña escrita por Warren Harding poco después de la apertura)

Supongo que este artículo se podría llamar “La Conquista del Capitán”. En cualquier caso, en el momento en el que llegué a la cumbre después de burilar el desplome, no tuve muy claro quién era el conquistado y quién el conquistador: recuerdo que el Capitán parecía estar en mejores condiciones que yo.

Los buriles finales significaron el fin de una aventura que comenzó en Julio de 1957, cuando Mark Powell, Bill “Dolt” Feuerer y yo nos reunimos en Yosemite con objeto de hacer un intento a la cara norte del Half Dome. El caso es que al llegar encontramos a un equipo de excelentes escaladores del sur de California metidos en la pared, y con la ruta casi completamente abierta. Fue en nuestra decepción cuando decidimos, casi precipitadamente, darle un tiento a El Cap.

Estoy completamente seguro de que ningún escalador consideraba esta pared imposible. El término “escalada imposible” ya hacía tiempo que estaba obsoleto. El hecho de que, previamente, no se habían realizado intentos a sus 900m de pared vertical era sencillo, teniendo en cuenta la creencia común entre los escaladores, de que las técnicas no estaban suficientemente avanzadas para hacer frente semejante problema.
Después de tomar la decisión de meternos en la pared, pasamos un día entero buscando una ruta continua hasta la cumbre. Es interesante resaltar que la escalada discurrió exactamente por donde la habíamos planificado, con la posible excepción del largo del “Techo”, un formidable desplome a unos 600m del suelo. Presentí que sería mejor evitar este obstáculo por una fisura algo hacia el este, la cual acabó siendo solo una chorrera que nos obligó a negociar el “Techo”.




El Torno colocado en la Dolt Tower es manipulado por Harding y Powell



Era obvio que los métodos existentes para llevar adelante una escalada en roca tan sostenida serían inadecuados. Debido a la extremada dificultad de la misma, preveíamos una progresión lenta (quizá de entre 30 y 50m diarios). Pasaríamos muchos días en la pared, así que unas buenas repisas para vivaquear iban a ser algo bastante necesario. Desgraciadamente parecía haber pocas. Pero todos coincidimos en que no quedaba más remedio que realizar la ascensión mediante una sucesión de campos de vivac, unidos por cuerdas fijas. Además, los suplementos de material podrían ser ascendidos desde la base, si fuera necesario. Sería necesaria una cordada de soporte para atarnos las cargas y petates en las cuerdas de enlace. Durante toda la escalada, gente como John Whitmer, Cookie Calderwood, Ellen Searby y Beverly Woolsey contribuyeron al éxito de la escalada.
Nuestra táctica técnica fue similar a la que se usa para ascender grandes montañas, con ascenso en prusik, y rapeles por cuerdas fijas, sustituyendo los piolets y crampones por otro tipo de ayudas equiparables, y con tornos y cuerdas fijas en lugar de sherpas.





La Carretilla Dolt, la frikada padre.



El 4 de julio de 1957 comenzamos la clavada sobre aquella pendiente pulida por los glaciares. No había ninguna esperanza real de alcanzar la cumbre en ese intento, y nuestro objetivo inicial fue alcanzar “El Cap Tower”, esos gendarmes del flanco este del espolón que se yerguen en mitad de la pared.
Al tercer día llegamos a la “Sickle Ledge” (repisa de la hoz), a 150m de la base, donde establecimos el campo 1. Las siguientes cuatro jornadas se dedicaron a ascender en dirección a las “Towers”. La escalada era casi toda de clase 6, artificial, y tan difícil como se pueda imaginar. Finalmente, a 45m de la torre baja nos vimos forzados a abandonar. Nuestras patas de estufa convertidas en clavijas, que nos habían conducido casi 100m por aquellas fisuras de entre 5 y 8cm de ancho (las “Stoveleg Cracks”), estaban muy deterioradas y achatadas, hasta el punto de no poder utilizarse.
Entonces dejamos ancladas unas cuerdas fijas para no perder el punto alcanzado, y descendimos.



Las clavijas de patas de estufa, entre otras de la apertura



Según bajábamos nuestros espíritus entraron en depresión, al encontrar un nuevo e inesperado problema. Parece que nuestra escalada se había transformado en una especie de espectáculo para turistas, agolpados en la base de la pared. Los guardabosques estaban comprensiblemente afligidos con el tema, así que no quedó más remedio que abandonar nuestro asedio a la pared, hasta fin de temporada turística.


Uno de los péndulos de la apertura (Stoveledge Cracks)



Esto significaba que tendríamos menos días para escalar, y un tiempo mucho más inestable. Las dificultades del Capitán no se limitaban únicamente a la roca.
Acordes a nuestro pacto, nada se hizo hasta pasado el “Labor Day”, excepto cambiar las cuerdas fijas con unas nuevas más modernas que conseguimos, de 10,2mm.




Wayne Merry descansa en el Cap Tower durante la apertura



Empezando por un intento de 4 días (el día de “Acción de Gracias”), se sucedieron solo varios cortos ataques, hasta octubre de 1958, rebajando los 600m restantes de pared hasta el punto de solo ser necesario un ataque supuestamente definitivo. Las limitaciones de espacio me impiden describir toda la suerte de problemas que sobrevinieron en los meses siguientes, pero todo lo que se pudo torcer se torció.

Warren abriendo el King Swing

Lo primero, y probablemente lo peor, fue el accidente de Powell. En septiembre de 1957 tubo una mala caída en una escalada fácil, y se dislocó y fracturó un tobillo, cosa que le apartó de la acción durante una larga temporada (sino casi permanentemente). Además, el tiempo durante la primavera y el comienzo del otoño de 1958 fue abominable.
Por otro lado, el nuevo material que adoptamos, como el famoso “Torno”, laboriosamente arrastrado hasta la “Dolt Tower”, a unos 350m del suelo, no fue tan efectivo como se esperaba.
Otros problemas también surgieron cuando Powell y Feuerer dejaron ver que no admitirían nuevos integrantes en el grupo (yo no pensaba que nosotros 3 solos pudiéramos tener posibilidades en el Cap, desde que Powell, que había escalado muy bien en el primer intento, no estaba liderando ya casi ningún largo).
Esta disensión interna acabó con ambos fuera del proyecto, pese a seguir siendo utilizadas las numerosas y buenas clavijas de Feurer, así como el resto de sus aparatos. De ese modo continué con otros cualificados escaladores en este incierto proyecto.



El grupo después de bajar de uno de los intentos



A mediados de octubre de 1958 ya se había establecido el campo 4, a 550m del suelo, y el punto más alto alcanzado estaba a 600m del suelo, justo debajo del “Techo”.
El jefe de los guardabosques nos había dado fecha tope de finalización de la escalada hasta el día de Acción de Gracias. Nunca comprenderá el por que de esta imposición. Pero no me importó, ya que todos estábamos muy determinados para alcanzar la cumbre antes de la llegada del invierno.
Después de un buen estudio de los 300m restantes, Wayne Ferry, George Whitmore, Rich Calderwood y yo (que en ese ataque formábamos el equipo), coincidimos en que había que llevar a cabo un esfuerzo final.

El 1 de noviembre de 1958 ascendimos por las cuerdas fijas, en lo que, esperábamos, fuera el ataque final. El tiempo se había aclarado, y la fresca y suave brisa auguraba un placentero contraste con el anterior intento del 9 de septiembre, caluroso y con violentas tormentas.
Debido a que nos metimos más bien tarde, no alcanzamos el campo 4 hasta bien entrada la noche. Nos acostamos pronto y discutimos la estrategia del día siguiente.
A la mañana siguiente ascendimos la cuerda fija hasta el punto más alto alcanzado, y comenzamos el trabajo en el enorme y temeroso largo del “Techo”. Con mucho esfuerzo, y algo asustados, clavamos todo este tramo hacia la derecha, con ese desplome final de 180º, sobre los 600m de vacío que se abrían bajo nosotros.
A pesar de la impresión el largo no fue tan difícil como nos creíamos. Los siguientes siete días nos pulverizaron con su monotonía, si es que la vida en granito vertical a 750m del suelo puede ser monótona. Entonces, la tarde del domingo, el noveno día de escalada, se produjo una tormenta que nos obligó a descansar, de tanto petatéo y mazazo.
Sentados durante la tormenta en el campo 6, en la comodidad de nuestros sacos de dormir, y con una funda de nylon engomado que nos protegía del viento y la nieve, Wayne y yo valoramos la situación.



El saco de Harding roído por las ratas en el campo 4 , a 550m de altura



Menos Calderwood, que se había bajado con un fuerte ataque de nervios, todos estábamos en buenas condiciones. Whitmore estaba en un punto por debajo de nosotros, cerca del campo 4, y él comenzaría a subir con reservas de comida.
Nosotros habíamos estado abriendo vía los últimos 3 días, y cuando nos quisimos dar cuenta, ya nos hallábamos a menos de 100m de la cumbre. Un ataque definitivo nos debería colocar en la cumbre, en un día más como mucho. La idea nos gustaba. Ya estábamos un poco cansados de todo aquello.

La mañana del martes la tormenta cesó. Después de aquel parón, George, Wayne y yo abandonamos el campo 6 con comida extra y baterías para nuestras frontales. A media mañana llegamos al punto máximo alcanzado anteriormente, y, según comenzamos la clavada en el siguiente largo, oímos lo que parecían sonidos de bienvenida: unos cánticos a la tirolesa desde la cumbre. John Whitmer, Ellen Searby y Rick Anderson habían subido a recibirnos.
Incentivados por saber que estábamos cerca de cumbre, ascendimos veloces y entusiasmados, y clavamos dos largos más. Como a eso de las 4 de la tarde alcanzamos a la repisa que serviría de última reunión. Desde ella pudimos ver a John y Ellen bajando un poco hacia nosotros, a la vez que observábamos como era el tramo que nos faltaba: un largo de aspecto impresionante.
Los primeros 20m eran muy mantenidos, y de clase 6, a lo largo de una ancha fisura. Esta se terminaba bajo un muro desplomado desprovisto de más fisuras. Como unas 15 clavijas, 28 buriles y 14 horas fueron necesarios para superar este último tramo. Pero a las 6 de la mañana, aparecí por la cumbre y clavé la mirada a Ellen, que se estaba esforzándose en sacarme una foto, con sus más y sus menos para hacer funcionar el flash de su cámara.





Las chapas originales de la vía, que aguantaban más de una tonelada de peso




NOTA final: (Días totales de ascensión: 45, a lo largo de 18 meses / Longitud total de vía teniendo en cuenta los péndulos: 1020m / 675 pitones / 125 buriles, el 90% de ellos para progresión en artificial / La cantidad de kilómetros y kilómetros de ascenso en prusiks y rapeles no se ha calculado)

1 comentario:

Javi L. dijo...

Muy bueno lo de la carretilla "frikada padre" jajajaja. Menudo curro, pero están genial los artículos.