21 abril 2006

MUIR WALL






Después de la apertura de la North American Wall en 1964, Yvon Chouinard buscó una escalada aun más audaz. Con su compañero TM Herbert intentó escalar por una zona inexplorada, en cordada de solo dos escaladores. Castigados por la lluvia y el calor, alcanzaron la cumbre con tan solo un buril restante en el petate, y sin agua.
Teniendo en cuenta el material que se usó en la apertura de la Nose en 1958, el lector pude darse cuenta del logro de esta escalada; Chouinard y Herbert planificaron el material al límite de lo necesario, y casi no lo logran. Durante los días finales de la escalada ambos llegaron al límite de sus fuerzas y comenzaron a experimentar un aumento de la percepción al borde de las alucinaciones. Chouinard habla de su elevado estado de conciencia en este artículo, pero un buen amigo suyo, Dough Robbinson, se extendió más sobre este tema en un artículo publicado en la revista Ascent, en 1969, titulado: “El Escalador como Visionario”. Robbinson escribió:

“Las visiones de Chouinard no fueron accidentales. Fueron el resultado de tantos días de escalada. Él estaba influido por las dificultades técnicas, el dolor, la aprensión, la deshidratación, el gran esfuerzo, la soledad de los sentidos, y la pérdida gradual del ego. Es algo sistemático. Solo se necesita repetir esas condiciones físicas y mentales con uno mismo. Ellas te abren la puerta. No hay que tener el nivel técnico de Chouinard, solo su misma entrega a la tarea. Las visiones son como observaciones muy intensas. Suponen el ver lo que implica cualquier situación, pero de una manera mucho más profunda, y el seguir este proceso lleva a una especie de sentido ecologíco. Una ecología más intuitiva que científica; a la manera de John Muir, sin partir de generalizaciones sobre árboles, rocas, aire,etc… pero si de efectos como el del bocio en la parte alta del tronco de un árbol determinado, o de las rocas como las percibió Chouinard, supremamente suficientes, desprendiendo de continuo una luz perfecta. O como aquel aire que les llegaba puro y cálido desde los desiertos del este, evocando en la memoria las nieves del Dana Plateau y las copas de los árboles de Tuolumne, según éste soplaba desde lo alto de la pared, en su camino descendente hacia el Pacífico”.

(Galen Rowell)



“Más allá del esplendor que inunda la roca de El Capitán, considerada por muchos como la más sublime de las características del valle, se le puede ver entre los bosques de pinos, descaradamente erguido sobre la línea general de las paredes, con imponente grandeza; un completo espectáculo. Tiene 1000m de altura, puro, severo y simple, una figura de granito esculpida por un glaciar, la base de una de las cadenas montañosas más antiguas y compactas, sin rival en altura y extensión, y perfecta resistencia”
(John Muir, The Yosemite)




Más que ninguna otra montaña o formación rocosa, El Capitán ha sido responsable y testigo de los cambios filosóficos y del surgimiento de nuevos estándares en la escalada americana. Y no solo hablo de escalada en roca, ya que los nuevos límites de la escalada en hielo también están siendo establecidos por los especialistas de roca de Yosemite.

La nueva filosofía se caracteriza por hacer pequeñas expediciones a áreas remotas, para probar nuevas rutas de dificultad extrema con un equipo mínimo, sin cordadas de apoyo ni cuerdas fijadas al suelo; viviendo días e incluso semanas del tirón, sin dejar huellas de su paso. Este estilo purista conlleva más que un simple esfuerzo, requiere personalización e implica mayor riesgo, pero al ser más de ideal reporta mayor satisfacción.

Es más que probable que las bases para este tipo de escalada las estableciera John Muir. Él solía vagar por la Sierra durante semanas, comiendo solo pan o lo que podía encontrar en la tierra, durmiendo bajo bloques con el único abrigo de sus viejas chaquetas, y regocijándose durante las tormentas de verano. Eligió vivir la naturaleza tal y como se presentaba, sin imponerse a las montañas humanizándolas con las comodidades, pero sí conviviendo con ellas, adaptándose a si mismo a los rigores de dicha experiencia.
Esta era una manera vigorosa y fuerte de vivir, pero sus escritos nos relatan su intensa comunión con la naturaleza y profundas experiencias místicas. Los científicos explican que cuando el cuerpo está debilitado por el ayuno, los sentidos se agudizan e incrementan su receptividad. Esto explica parcialmente ese misticismo, pero lo que no se comprende bien es como, en ese estado, pudiese mantener su prodigiosa fortaleza. La respuesta es sencilla: estaba completamente adaptado al medio, y a comer poco.

Esta misma actitud fue adoptada más adelante por John Satathé y Axe Nelson, que entrenaron sus cuerpos para llevar a cabo su ascensión de la Lost Arrow, desde la base del valle, con muy poco agua. Su escalada de 5 días con poco más de medio litro de agua por persona y día, sigue siendo toda una hazaña a día de hoy.

La ascensión de la North American Wall durante nueve días seguidos en 1964 no solo fue la primera ascensión de un tirón del Capitán, sino una experiencia que fue más allá. Aprendimos que nuestras mentes nunca paran de adaptarse a las situaciones cambiantes. Fuimos capaces de vivir y trabajar y dormir confortablemente en la vertical. Cuando la comida y la bebida escaseaban, nos dimos cuenta de que había una enorme fuente de energía comiendo únicamente diez uvas pasas. De hecho llegamos a la cumbre sintiéndonos capaces de seguir subiendo otros diez días más. Nunca más volvimos a preocuparnos de hacer escaladas de varios días, ya fuese en Yosemite o en Alaska.

Después de aquella escalada nos hicimos la pregunta inevitable: ¿Cuál será la próxima? La respuesta fue obvia: Otra primera ascensión en el Cap, del tirón también, pero con una cordada de dos en vez de cuatro personas. Esto no solo doblaría la carga de trabajo y la responsabilidad, sino que también reduciría considerablemente el factor de seguridad.
Es lo desconocido lo que incita a los hombres valientes, y probar una nueva ruta en esta gran pared estaba lleno de cosas desconocidas. En la primavera de 1965, después de haber estudiado la ruta los dos años anteriores, y ajustando la planificación del material necesario hasta el último pitón o el último vaso de agua, además de sopesando las consecuencias de un problema en lo alto de la ruta, T.M.Herbert y yo, nos sentimos finalmente, preparados para el gran ataque.
Nuestra línea propuesta comenzaría a la derecha de la Salathé, ascendiendo algunos diedros encajonados y lajas arqueadas, y cruzaría las Mammoth terraces para seguir más o menos hacia arriba, manteniéndose a la izquierda de la Nose.


En Moby Dick



14 de Junio:

En la primera y fresca mañana nos dirigimos a donde , la noche anterior, habíamos dejado todo el material necesario metido en Petates de lona. La escalada comenzó en la losa denominada “Moby Dick”, un severo tramo de dos largos. Desde su repisa superior nos descolgamos rapelando unos 7m hacia la izquierda, y comenzamos la clavada. Las clavijas quedaban bien pero la cosa se complico cuando el diedro se inclinaba hacia la izquierda. Hubo auténticos trabajos de jardinería para quitar la tierra y la vegetación que impedía clavar los pitones, y, habitualmente, esta labor se llevaba a cabo sobre estribos. Tuvimos que colocar dos buriles para alcanzar una laja horizontal de unos 20m de longitud, donde colgamos nuestras hamacas y gozamos de un seguro descanso.


Uno de los empotres de los primeros largos durante la apertura

15 de Junio:

Continué en travesía colocando clavijas, con mucho cuidado para no expandir la laja. Después continuó TM Herbert, alternando clavijas y buriles, en una laja arqueada suelta de aspecto peligroso. Después de alcanzar un ancho canalizo, la escalada perdía dificultad y pudimos ganar rápidamente altura. Según se ponía el sol, TM Herbert penduleó hacia una amplia repisa donde pasaríamos la noche. De alguna manera falló nuestro sistema de petateo, y casi nos deshidratamos para izar los dos petates de 25Kg que llevábamos. La clave de la escalada fue el calor, y el constante mosqueo con el tema de no poder izarlos. Teníamos una buena repisa donde tumbarnos completamente estirados y aumentamos el confort acolchando la zona con los petates. Aquella repisa nos devolvió el buen humor, y entre charlas y bromas nos quedamos dormidos.


En el L17

16 de Junio:

Como esperábamos, el tercer día fue mayormente de escalada libre, de dificultad moderada, por todo el borde derecho del “Corazón (Heart)”. Al atardecer llegamos a otra buena repisa, un largo por encima de las “Mammoth terraces”. La última tirada la hicimos bajo la lluvia, después de un brusco cambio de tiempo que transformo el intenso calor en una leve llovizna. Cuando empezó a caer en serio, nos acurrucamos en nuestros impermeables y esperamos a que cesara. En una breve pausa, TM comenzó a clavar el primer largo del día siguiente, mientras yo le aseguraba y a la vez recogía agua de la que caía por la pared. Ese agua tenía un brillo verdoso y sabía francamente mal, así que decidimos guardarla para el último día.




17 de Junio:

La primera mitad del día continuamos por una fisura solitaria y continua, para cambiarnos a otra, hasta vernos forzados a abandonar la escalada, en el momento en el que la intermitencia de la lluvia se transformó en un fuerte chaparrón. Condenados a otro vivac, nos preparamos para ello lo mejor que pudimos. Tratamos de protegernos de la torrencialidad de la lluvia colocándonos bajo las hamacas a modo de escudo. No paró en toda la noche de caer y el frió se hizo bastante intenso, como el de una tormenta de alta montaña. Completamente calados, nos abrazamos para mantener el calor. TM tuvo una noche especialmente mala, tiritando te tal manera que casi no podía ni hablar. Cuando lo intentaba aquello era delirante. Estábamos muy desanimados y por momentos perdíamos la visión y el ánimo. Sin embargo, ninguno exteriorizamos nuestros pensamientos sobre una posible retirada.


18 de Junio:

La luz del amanecer nos devolvió el ánimo. Una perfecta fisura a lo largo de un diedro desplomado nos permitió ganar altura rápidamente, mientras la inclinación de la pared nos salvaba de la lluvia. En lo alto del diedro, Herbert colocó unos buriles para flanquear una placa, y llevó a cabo un gran trabajo al alejarlos increíblemente, estirándose mucho. Esperábamos que esta travesía nos llevara al las “Bandas Grises (Grey Bands)”, desde donde alcanzaríamos el comienzo del tramo final de nuestra ruta. Después de un descanso por el esforzado trabajo de colocar 12 buriles, todos en horizontal, Herbert se descolgó un poco, bordeó un diedro, y comenzó a ascender en oposición por unas bavaresas verticales. Al perder la comunicación conmigo, retrocedió penosamente hasta lo alto de una laja bastante inestable, desde la que me pudo asegurar.
Fue un increíble esfuerzo que culminó el día. Solo me dio tiempo a dar el siguiente largo y alcanzar el límite de las Bandas Grises al anochecer. Entonces rapelamos hasta una buena repisa y montamos el vivac como buenamente pudimos. Mi camiseta estaba inhumanamente empapada, y Herbert me dio el suéter que tenía reservado para el resto de la escalada.




En libre, recientemente, en el L24


19 de Junio:

Pero aquella noche guardaba tras de si una horrenda visión. Separándonos de la cumbre se abrían ante nosotros 300m de pared virgen y desplomada, rematada por un techo de unos 10m de saque. Para afrontar todo este tramo disponíamos de comida y agua, pero solo contábamos con 9 buriles. No había ninguna manera de bajarse de allí. La única retirada posible pasaba por atravesar las Bandas Grises para poder alcanzar el trazado de la Nose, unos 120m más a la derecha, por la cual sabíamos que tardaríamos poco más de dos días en alcanzar la cumbre. Aparte de lo incierto de nuestro camino a la cumbre, y nuestros pobres suministros, estábamos exhaustos física y mentalmente, fruto del agotamiento de la escalada y de los fríos y húmedos vivacs. ¿Debíamos seguir o retirarnos?, aquí estaba la línea a cruzar, de la que Herzog hablaba tan elocuentemente en el libro “Annapurna”. Un error puede costar caro, pero los valores a conseguir después de un éxito pueden ser tan valiosos como para cambiar de raíz la vida de una persona.

En la chimenea del L21


Después de todo, ¿por que estábamos aquí, sino para adquirir esos valores personales? Por debajo de nosotros solo había diez personas que sabían donde estábamos. Aunque tuviéramos éxito, no habría ninguna multitud de adoradores de héroes. Gracias a dios, la escalada americana aun no ha llegado a esa penosa situación.

Tomada nuestra decisión, TM siguió hacia arriba. Desde este momento mis recuerdos de la ruta son bastante vagos. La escalada artificial y la libre se me mezclaban, los diedros, fisuras de empotrar y bloques salientes, son indistinguibles del inmenso desplome. Los largos no tienen final, y los días se entremezclan. Solo recuerdo trozos y secciones. Una fogosa y horrible chimenea palpita aún en mi mente; y el péndulo más difícil que jamás haya hecho. Continuamente, los desplomes y los salientes nos impedían saber bien por donde seguir. Recuerdo ver un maravillosos halcón peregrino en el fondo de una de las chimeneas. Y el brillo de diminutas partículas, destacando en los cristales del granito gris.


20 de Junio:

La vista bajo nuestras hamacas era terrorífica, 700m de vacío bajo nosotros. Pero parecía otra vida, y comenzamos a descubrir nuestro propio mundo. Ahora nos sentíamos como en casa. Vivaquear en hamacas era algo completamente natural. Nada se nos hacía extraño en nuestro mundo vertical. Con nuestros sentidos agudizados, y más receptivos, apreciábamos todo lo que nos rodeaba. Cada cristal individual del granito resaltaba de la pared con intrépida forma y relieve. Las variadas formas de las nubes no cesaron de captar nuestra atención. Por pequeña que fuera cualquier alimaña o insecto que se moviera por la pared, nos percatábamos de su movimiento. Recuerdo estar asegurando en una reunión y seguir los movimientos de un bicho rojizo brillante increíble, durante, al menos, 15min seguidos.
Como puede haber nadie aburrido en ningún lugar, habiendo cosas tan increíbles para ver y sentir. Esta unión con nuestro vivo y alegre alrededor, esta percepción ultrapenetrante, nos proporcionaba una satisfacción que no habíamos tenido en años. TM no recordaba nada similar, le retrotrajo a gratas experiencias de niño en el porche de su casa, cuando sentado con su familia solían observar bellas puestas de sol.

La escalada continuaba siendo extrema, y, en nuestro débil estado, los largos más agotadores nos llevaban muchas horas. TM es normalmente un escalador equilibrado y conservador, pero en esos momentos escalaba brillantemente. Atacó el largo más difícil de la escalada, una serie de lajas desplomadas y bastante sueltas, con absoluta confianza. Colocaba clavijas entre enormes bloques sueltos que podían romperse en cualquier momento, sin vacilaciones ni dudas en su habilidad.



El increible diedro del L28


21 de Junio:

Al despertar en nuestro octavo día devoramos los últimos bocados de alimento que nos quedaban,y nos terminamos también el agua. Quedaban 4 buriles y 120m por delante de escalada, y el peso constante en nuestras mentes de aquella cumbre desplomada. Iba a estar apretada la cosa. Cuando las fisuras eran buenas, eran de una anchura muy constante, así que, continuamente, teníamos que descolgarnos para recuperar material para poder seguir abriendo. A menudo las fisuras estaban bastante ciegas, así que teníamos que hacer flores de clavijas anudadas con cintas, y con solo las puntas clavadas. La lentitud de la progresión era frustrante. La lluvia continuaba cayendo en forma de una cortina plateada que se separaba de nosotros unos 10m, sin mojarnos. Colgando de clavijas en desplome colocamos nuestro último buril, y ayudados por un “cliff hanger” (gancho) en una frágil laja, alcanzamos sutilmente una buena fisura de salida.

Nuestros colegas nos apremiaban desde arriba prometiéndonos champán, pollo asado, cerveza y fruta fresca. Pero el desplome de salida aun nos impedía llegar, y ya en plan enfermo, probábamos una fisura ciega tras otra para lograr salir. Con la ayuda de una luz desde lo alto emplazamos nuestro último pitón. Entonces dimos unos cuatos pasos titubeantes en la horizontal, y nos abandonamos a una orgía gastronómica.

Observando nuestra ruta desde abajo un atardecer, con una bruma azulada cubriendo la cara oeste del Capitán, ésta parecía haber perdido su aspecto temible pero se presentaba más distante y misteriosa que antes. Una ruta difícil de afectar por la mera presencia de un hombre. Pero nosotros si habíamos cambiado, habíamos absorbido parte de su sólida serenidad.

1 comentario:

Javi L. dijo...

Menuda adaptación que sufrieron más impresionante. Mola descubrir que el nombre de la vía tenga tanta historia.