23 marzo 2011

Protección del Pirineo


ESPELUNZIECHA, NUNCA MÁS.


Si los paisajes durasen menos que nosotros, ¿qué hacer cuando rostros seculares y hasta milenarios de paisajes se desfiguran velozmente? A veces el futuro reaparece como un pasado sin consumar. Algo que no alcanzó a hacerse presente en un momento dado y luego anduvo extraviado o guardado y más adelante se encontró o se retomó en momentos más propicios. O algo que tal vez estuvo esperando a que alguien se ocupase de desarrollarlo.

Como ejemplo de acciones negativas recuerdo aquellas planeadas en los años sesenta del siglo XX para muchas de nuestras montañas, que se cumplieron sólo parcialmente entonces y que han sido resucitadas ahora con nuevos apoyos y renovada tecnología, cuando desde ciertos presupuestos parecían propias sólo de tiempos sin retorno. Me refiero a la implantación de estaciones de esquí y su urbanización asociada en laderas pirenaicas y cantábricas, tan profundamente trastornadoras. Están nuevamente planteadas con la apariencia de un modelo de futuro.

Si se les ponen reparos, sus promotores suelen argumentar que sus daños directos y colaterales son “el precio del progreso”, cuando deberían decir que realmente son sólo determinado progreso conseguido a cualquier precio. Aunque desde hace tiempo es conocido que el becerro de oro no es precisamente la ley de la montaña, esta versión del “precio del progreso” viene a ser como una renovación de aquella filosofía arbitraria del “mal necesario”, que no por aparentar lo adjetivo (la necesidad) dejaba de ser la aplicación de lo sustantivo (un mal). Una conocida novela comenzaba diciendo que “no había belleza alguna ni en el paisaje ni en los ojos del hombre que lo contemplaba”: ¿será éste el precio del progreso?

La disarmonía creciente de la reciente acción humana en el paisaje es bastante generalizada y es observable en demasiados lugares por cualquier persona sensible. Yo he sentido aquí en más de una ocasión como algo propio aquello que apuntó el escritor Daudet, aplicado a un lugar particularmente querido que había sido mancillado. Escribía que prefería dejar pasar un tiempo antes de volver allí para permitir que sanara el paisaje dañado y se preguntaba con dolor si podría amar de nuevo aquella tierra herida y despojada. Hubiera deseado –añadía-enrollar los prados como alfombras, con los caminos, los atardeceres, recoger los estanques como si fueran espejos, hacer un ovillo con los arroyos en una bobina como se hace con los hilos de plata y encerrarlo todo cuidadosamente en un almacén a la espera de que pasase el agravio para después reemplazar en sus sitios los prados, los ríos y los bosques tal como eran antes del ultraje.

Si adaptarse a la montaña produce honda satisfacción y beneficio espiritual, cada vez hay menos lugares donde esto sea posible. Adaptar, en cambio, la montaña al interés o al capricho, que es exactamente lo contrario, se ofrece, con gran exceso de sentido práctico y falta de crítica ética, como si fuera lo mismo. Si casi todo parece en obras, todo está en amenaza de obras: pueblos, valles, caminos, canales de posibles aludes, tomas de agua, refugios. Entretanto no hay voluntad de corrección cultural. Así, los que escogieron estos lugares como vernáculos o montaraces tendrán que replantearse si no han acabado en una cantera. Cuando asistimos a uno de estos despojos, lo que queda es su sustitución por un producto de menor calidad, que también nos arrastra a un rebajamiento. Si, al contrario, reencontramos respeto a los paisajes perdidos, es el sentido mismo de la vida lo que nos renace dentro con toda su fuerza.

Pero como el hombre no está preso en sus paisajes, en nuestra relación con ellos existe, sobre todo, una expresión de libertad y, con élla, una adquisición de responsabilidad. El grado de asimilación del concepto de paisaje y su mantenimiento manifiesta, en cambio, la cultura y la moral territorial de una sociedad.

En nuestro diálogo con el mundo existe una relación moral. El paisaje es un producto del tiempo, revela lo que somos y, cuando los paisajes se eclipsan, se nos borran nuestras referencias y significados. Y, en ese acto de rebajamiento de calidad, se adquiere, hay que repetirlo, una grave responsabilidad.

Nunca más otra Espelunziecha. Hemos asistido aquí, inermes y desolados, a la desfiguración de un paisaje querido. Hemos aprendido mucho en esta batalla perdida; también hemos dejado en ella la candidez. Pero no el idealismo, que, al contrario, ha salido reforzado. No la fuerza para sostener nuestras razones, que no ha hecho sino aumentar. Tampoco la vigilancia, con el fin de estar alerta cuando ese modelo aciago quiere extenderse como una plaga por el Pirineo. Otra Espelunziecha, nunca más.

Eduardo Martínez de Pisón

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