10 mayo 2010

Mount Watkins (Cara Sur) 1965







Warren Harding solía rodear ell Half Dome para mantenerse en forma. Aquello era un juego para él. Una vez se cronometró a si mismo, empezando a las 11am de una calurosa mañana de julio, sin agua en toda la subida, para tardar 3 horas y 55 minutos en completar los 23 km, con sus 3000m de desnivel acumulado. Warren reconoció haber descansado 10 minutos en la cumbre del Half Dome, durante los cuales imaginó una ruta de escalada en la vecina pared Sur del Mount Watkins.
Varias semanas mas tarde organizó aquella escalada junto a Yvon Chouinard y a Chuck Pratt. Fue un ascenso en estilo alpino. No se usó ningún tipo de cuerda fija. Agua, racionamientos y material se redujo al mínimo. El reportaje que Chuck Pratt escribió sobre la épica actividad apareció en el Alpine Journal. Su historia resta bastante importancia al logro de haber estado en una gran pared del valle durante el calor de julio, sin suficiente agua, con muy pocos bolts en el petate para lograr la cumbre, y con muy pocas posibilidades de haber podido retirarse de la parte alta de la escalada.
Muchos escaladores piensan que este relato, contado como una historia de colegas en leguaje simple y frases sencillas, supone la perfecta representación de una escalada yosemítica.






La histórica ascensión de la Nose, en 1958, supuso la apertura de una nueva era en el Valle. En los siguientes años, tres rutas más, de cerca de 900m de desnivel, surcaron la pared del Capitán. Su gran altura, lo sostenido de su escalada, y los consiguientes problemas logísticos que se derivan, obligaron a que dichas escaladas se produjeran por etapas, y también motivaron el uso de cuerdas fijas para facilitar una eventual retirada a la base del valle. Desde esa primera a la Nose, el Capitán ha visto ocho repeticiones de ésta u otras rutas, y los escaladores involucrados en estos pioneros logros han adquirido gran confianza y experiencia en estas extremas y largas rutas de varios días. Durante el verano de 1964, y gracias a los avances de material y sistemas de petateo, pareció madurar la idea de escalar este big wall en el día.

Una de las pocas paredes que aun se hallaban vírgenes el verano del 64 (y que suponían un esfuerzo y aventura similar a las del Capitán), era la cara Sur del Mount Watkins. También de 900m de desarrollo vertical desde al Río Tenaya, en el extremo occidental de Yosemite, éste monte rivaliza en grandiosidad incluso con el gran Half Dome. A pesar del obvio y tremendo reto que supone, la sola mención de su nombre siempre ha producido cierta apatía en los escaladores del Campo 4. Sin embargo, muchos de ellos, entre los que me encuentro, especulamos acerca de quién se llevará la primera ascensión.

Un plácido atardecer del mes de julio, en el campamento de Warren Harding del High Sierra, a orillas del Lago Tenaya, cuando el vino y el buen rollo fluían más de lo habitual, Warren me enseño una bella fotografía de la cara sur del Watkins. Y me invitó a unirme a su aventura. En un momento espontaneidad acepté, y con gran entusiasmo nos estrechamos la mano, sabedores de que el destino del Mount Watkins estaba sellado.



Unos días más tarde nos encontrábamos paseando por el Campo 4, a la búsqueda de un tercero para la cordada. Estábamos de acuerdo en que había que llegar al justo equilibrio entre movilidad y seguridad, sin comprometer ninguna de las dos cosas. Quizá nuestra búsqueda era absurda. Pero los escaladores experimentados no estaban interesados en el tema. Y los interesados, no eran suficientemente experimentados. Pero al anochecer, cuando ya estábamos completamente resignados a escalar solos, de entre las sombras apareció Yvon Chouinard. Había llegado a disfrutar unos días libres, y preguntaba si había algún plan interesante de escalda.

Esa misma semana, tras hacer una aproximación al monte para trazar la ruta a seguir, nos dedicamos a reunir alimentos, material de escalda y equipo de vivac necesario para un supuesto intento de cuatro días a la pared. Los cinco kilómetros de aproximación al Mount Watkins empezaban en el Mirror Lake. Según descargábamos las cargas en el parking, dos chicas se nos acercaron a preguntar si éramos escaladores de Yosemite. Yvon, vergonzoso y modesto, nos señaló con el dedo. Ellas nos preguntaron si era verdad que los escaladores del valle se aplastaban las manos contra el granito, para conseguir adherencia para escalar esos muros. Nosotros les aseguramos que aquel absurdo mito era real. Y acto seguido Warren sacó una botella de vino y seis latas de cerveza, y les dijo que esa era nuestra ración para cuatro días. Y allí se quedaron las incrédulas señoritas, dudando sobre el juicio y la salud mental de los escaladores del lugar. En fin, así debe ser como comienzan las leyendas.

Después de hacer camino por el Sierra Loop Trail, y contornear el Tenaya, dimos con un perfecto lugar de acampada para la noche, frente al Watkins. Con aprensión distinguimos la figura de su inmensa mole granítica, copando todo el cuadrante norte del panorama nocturno. A la mañana siguiente nos levantamos denodados y significativamente silenciosos. Con la mirada más bien baja nos acercamos a la base de la pared.

A diferencia de la mayoría de las paredes de Yosemite, el Watkins a penas tiene historia en lo referente a escalada. Warren había escalado unos 200m por la pared unos años antes, y diversos escaladores la tenían algo estudiada desde el extremo sur del valle, pero nuestro intento sería el único existente hasta la fecha con objeto de llegar a la cumbre.
En su breve reconocimiento, Warren había llegado hasta un muro liso de unos 25m que hay sobre la repisa de los árboles. Después de estudiar la pared, decidimos seguir su trazado para ganar altura. Abandonamos la gran repisa de los árboles, mediante un diedro prominente que hay en el extremo izquierdo de la misma, y con ello ganamos suficiente altura para realizar una serie de péndulos que nos llevarían a una aparentemente buena repisa por encima del famoso muro que bloqueó a Warren. De esa manera evitaríamos burilar todo aquel tramo in escalable. Supuestamente aquella repisa nos facilitaría el acceso al sistema de diedros de unos 250m que subía por la parte derecha de la pared. Además, los diedros llevaban a una fina laja curva que giraba hacia el oeste del muro, la cual esperábamos nos llevara al gran contrafuerte del centro de la pared, desde el cual habría que resolver los 150m finales. En cualquier caso, estas especulaciones se confirmarían después de varias jordanas de dura y técnica escalada. El reto personal, las inesperadas dificultades, la incertidumbre, en resumen, lo desconocido, que separa las aventuras de los lugares comunes, eran los aspectos más llamativos y estimulantes de las medidas a tomar para aquel auto compromiso.


Pero nuestra más inmediata preocupación era transportar los 50kg de peso que teníamos entre comida, agua y material de escalada, hasta el lugar más alto alcanzado por Warren. Lo cargamos todo en dos grandes empaquetamientos que llevábamos Warren y yo (Pratt) remontando sendas cuerdas dejadas por Yvon en su escalada a esta intrincada serie de repisas y rampas. A medio día llegamos a la repisa de los árboles, y base de la pared. Habiéndome prestado voluntariamente para remontar la carga el primer día, procedí a dividir el peso en tres petates, mientras Warren e Yvon se curraban el diedro plano del extremo izquierdo de la repisa.
Dos largos de escalada libre les llevaron a una repisa, desde la que investigaron los posibles problemas para realizar los necesarios péndulos para alcanzar nuestro objetivo para el primer día: la aparente y confortable repisa que había unos 25m por encima de mi posición.
A media tarde, Yvon descendió unos 30m, escaló una parte delicada y, tras hora y media intentando meter alguna clavija, se resignó a colocar un primer buril. Descendiendo nuevamente, Yvon comenzó una serie de espectaculares carreras en péndulo con objeto de alcanzar la repisa. Tras numerosos intentos fallidos, acabó consiguiendo alacanzarla, con un péndulo final de unos 20m de recorrido por la placa. Warren rapeló hasta su posición, y tras hacerme llegar una cuerda fija unida a ellos, se juntó con Yvon y le aseguró en su intento de alcanzar el gran diedro del día siguiente.

Mientras remontaba la cuerda fija con los prusiks, pude fijarme en Yvon. Escalaba una fisura desplomada. Desde la repisa comencé a remontar todos los petates juntos. Utilizaba un método desarrollado por Royal Robbins para las vías del Capitán, consistente en la cuerda de los petates pasa por una poléa en el anclaje del remontador. Atando un nudo prusik o un prusik mecánico (primitivo jumar) al final de la cuerda, me era posible remontar la carga, al pisar y cargar mi peso en un peldaño adjuntado al sistema. Mucho mejor que tirar de brazos, mano tras mano.
Yvon y Warren regresaron a la repisa tras dejar abiertos unos 60m del diedro, y nos preparamos para un primer vivac. Tras la primera jornada pudimos darnos cuenta de que, las grandes dificultades que tendríamos en esta escalada no serían ni técnicas ni logísticas, sino meteorológicas. Estábamos a mediados de julio y las temperaturas superaban los 30 grados en el Valle.

A la mañana siguiente Warren y yo remontamos las cuerdas fijadas y continuamos escalando el gran diedro, con la esperanza de terminarlo al acabar el día. Pero la escalada se fue haciendo más agotadora y difícil según avanzábamos en el diedro, y cada vez metíamos clavijas más finas horizontales y muchas knife blades en fisuras superficiales y podridas. A pesar de todo, nuestro mayor problema continuaba siendo el calor. Solo una ligera y eventual brisa nos aliviaba por momentos. Intentábamos no beber durante el día para poder disponer de un litro cada uno por la noche, pero constantemente se hacía necesario escarbar en los petates en su busca, para humedecer al menos nuestras secas gargantas. El aire era seco y caluroso para la respiración. Incluso el petateo, que habría sido una sencilla tarea en condiciones normales, se transformaba en un auténtico problema. Yvon, que se encargaba de la tarea ese día, sufría mucho largo tras largo.

A primera hora de la tarde fuimos sorprendidos por el vuelo de un águila real que atravesó la pared. Agradeciendo la excusa para un breve respiro, cesamos nuestras labores y nos deleitamos del relajado y majestoso vuelo por encima de nosotros. Aunque aquella visita fue inspiradora, esperábamos no tener que encontrarnos su nido en nuestra línea de escalada. En los siguientes días esta ave continúo su aparente ritual de recorrer la pared, a veces incluso dos o tres veces al día. Pensamos que debía ser nuestro silencioso guardián que de alguna manera seguía la lenta y laboriosa progresión de estos tres intrusos, que se adentraban en su reino de roca y firmamento.

Al final del segundo día alcanzamos un grupo de repisas tan grandes y confortables que las llamamos: “Sheraton-Watkins”. Y fue en este lugar donde nos enfrentamos al primer replanteamiento del cuidadoso trazado que previamente habíamos planeado para la ruta. El final del diedro aun estaba a unos 60 m de altura sobre nosotros. Estos metros no solo presentaban roca podrida, escamada y fisuras ciegas, sino también la probabilidad de que fueran necesarios numerosos buriles de progresión. Ahora que nos encontrábamos debajo del prominente arco que veíamos desde abajo, podíamos también distinguir que no conectaba con el contrafuerte principal que deseábamos alcanzar, ya que había un espacio de unos 30m o más hasta él. Así que el temor a tener que burilar toda esa zona también, nos hizo comenzar a buscar otras opciones.
Nos hallábamos en un diedro profundo, cuyo muro izquierdo presentaba ligeras pero buenas fisuras de conexión, a lo largo de unos 25m, con una repisa del muro principal superior. Desde allí parecía que con un pequeño largo se podría enlazar con una serie de rampas rotas encadenadas, que avanzan en curva hacia nuestro objetivo. Parecía la única alternativa razonable, y para la luz que nos quedaba del día, era una buena opción.


Tras pasar la noche en el “Sheraton-Watkins”, madrugamos con objeto de avanzar lo más posible antes de que el sol comenzara a minar nuestras fuerzas. Desde nuestro punto más alto alcanzado, Yvon comenzó a darse un largo. Se podría decir que fue desde este punto que comenzamos a vivir la auténtica aventura. Podíamos divisar como aquel sistema de rampas avanzaba varias tiradas de cuerda por la pared. Una vez que abandonásemos el diedro, la retirada sería considerablemente más difícil. La ruta no solo debía ser factible en adelante, sino que la elección del itinerario debía ser la acertada.
Y así, haciendo uso de todas y cada una de las rurp y knife blade que habíamos traído, así como tres buriles, Yvon consiguió enlazar con las rampas. Tras él comencé la primera de las tres tiradas que nos hicieron superar casi 100m de pared. A pesar de ser una escalada de quinto grado bastante moderado, exigió una gran dedicación y esfuerzo. Tras tres días de escalda, el calor había reducido bastante nuestra fuerza hasta el punto de hacernos avanzar a paso de caracol. Warren no se apañaba del todo con el petateo sin asistencia, así que todo el resto de la tarde lo echamos realizando esta travesía. A pesar de no haber ganado demasiada altura, nuestros esfuerzos fueron recompensados al desembocar justo donde queríamos, en la base del pilar central. Una vez más, recurrimos a todas las knife blades y rurps que teníamos, y di un delicado y circulante largo que superaba una peligrosa laja suelta hasta una en arco. Siguiendo este arco lo más posible, descendí para mediante un bonito péndulo llegar a una buena repisa de vivac. El lugar era amplio y confortable, y pudimos mascar algo de nuestra decreciente reserva de queso y salami, mientras observábamos a nuestro amigo el águila sobrevolar la pared.

Al final de este tercer día de escalada, nos encontrábamos algo preocupados por lo crítico de nuestra situación. Solo teníamos agua para cuatro días de escalada, luego era obvio que no podríamos alcanzar la cumbre en más de 5. Quedaban unos 250m de escalada entre nosotros y el gigantesco techo final que salvaba el paso a la cumbre, y el trazado se antojaba bastante incierto. Así que, a regañadientes, aceptamos que había que reducir las raciones de agua para adaptarlas a un posible quinto día de escalada. Aun no entrábamos a considerar una posible retirada de la pared, y eso pese a que abrir aquel tramo final con aquel insoportable calor con unas más que inadecuadas raciones de agua, nos llenaba de consternación.

El cuarto día resultó ser uno de los más difíciles que cualquiera de nosotros ha pasado en una pared hasta la fecha. El sol continuó su tortura despiadada, y Warren e Yvon volvieron a la carga. Warren llegó a la conclusión de que tengo poca confianza en los péndulos. Tras una agonizante batalla consiguió llegar con éxito a una repisa, y procedió al petateo hasta ella.
A media tarde, tras un avance a ritmo de tortuga por el pilar central, nos situamos en el punto y momento más crítico de la escalada. Sobre nosotros teníamos un muro de unos 20m de alto, culminado por un desplome que impedía la progresión. Warren había tenido varias amenazas de desmayo por el calor, Yvon casi no hablaba de la fatiga que tenía, y yo estaba acurrucado entre el estupor, bajo la pequeña sombra que ofrecía un bloque en saliente.
Con objeto de obtener más sombra intentamos colocarnos todos bajo una de las hamacas de vivac, pero aquello apenas protegía. Por primera vez nos planteamos la posibilidad de una retirada, a sabiendas de que aquello también haría necesario pasar otro día más en la pared. Era como si todo aquello que nos había atraído hasta aquí, se volviera nuestra carga y nuestro bloqueo.

Warren investigó la posibilidad de rapelar 30m para tantear el diedro opuesto del pilar, el de la derecha. Pero realmente no estábamos dispuestos a perder un solo metro de altura en aquellas circunstancias, y menos sin tener la certeza de que aquel diedro nos llevaría a cumbre. Finalmente decidimos intentar superar aquel muro, anhelando encontrar un sistema de fisuras que nos llevase a la cima. Warren se ofreció voluntario para darse el tramo, pero tras colocar tres buriles acabó exhausto, y tubo que descender a la reunión. Entonces subí yo, y con grandes dificultades pude colocar dos buriles más. En concreto los dos primeros buriles que colocaba en mi vida, bastante inadecuados, por cierto, incluso para progresar por ellos. Entonces me relevó Yvon, que rompió dos brocas para colocar un único buril, renunciando a que Warren me relevara otra vez. Desde el último consiguió lacear un pequeño arbolito, a unos 5m de altura, el cual remontó con prusiks, y desde el que se acedía a una fisura horizontal. Con una disposición increíble, y espíritu ejemplar, Warren continuó dándose el siguiente largo, y con algunos movimientos extremadamente difíciles de escalada libre consiguió alcanzar una buena repisa de reunión. Refrescado espiritualmente (aunque no físicamente), Yvon continuó el siguiente largo entre la penumbra, maravillado por la entereza demostrada por Warren. Fijaron una cuerda, y descendieron a la repisa, donde nos alegramos enormemente de haber mejorado nuestra situación.
Durante el cuarto día Yvon había perdido bastante peso debido a la deshidratación y se podía bajar los pantalones sin desabrochar un solo botón. Por primera vez en siete años yo era capaz de sacarme uno de mis anillos de la mano, y Harding, cuyo semblante casi satánico era un clásico ya del valle, había adquirido una apariencia aun más siniestra y demacrada.
La mañana del quinto día era fresca, y conscientes de que deberíamos salir ese día a cumbre, remontamos la cuerda fija y comenzamos el estudio de los 150m finales. Nuevamente nos tuvimos que enfrentar a una decisión crítica. Un sistema de fisuras parecía llevarnos al menos hasta 30m de la cumbre, pero esta escalada supondría una laboriosa clavada sobre una laja aparentemente suelta.
Yvon comenzó con un difícil e incómodo largo en curva hacia la derecha, tras el filo del pilar. Tras unirnos a él, decidí descender unos metros y pendulear de vuelta al lado izquierdo del pilar. Escalé una fisura en chimenea offwidth, en los límites de mi grado en libre, y con ello ahorramos varias clavijas bong para lo que pudiera venir. Tras varios tremendos esfuerzos para superar unos arbustos, fui capaz de montar una reunión sobre estribos. Aquella mañana teníamos dos litros de agua para los tres, y Harding había tomado la decisión de no beber nada aquel día, para dejar el agua para el equipo que formábamos Yvon y yo, de escalada aquel día. Su sacrificio mostraba el enorme coraje y disciplina de este escalador, raramente igualado por nadie de la zona.




Chuck Pratt e Yvon Chouinard en 1965


Con este incentivo añadido, Yvon afrontó un largo mixto de escalada a lo largo de una dura y descompuesta chimenea, con una escalada extremadamente atlética hasta llegar a una estrecha repisa. Desde esa posición nos anunció que lo que veía era un largo de escalada artificial bastante fácil, y que debían quedar unos 70m a cumbre. Ansioso por el inminente final de la escalada, escalé ese largo a gran velocidad, mientras Warren se esforzaba enormemente en el petateo. Lo que restaba era una laja descompuesta que se transformaba en una columna de unos 35m de alto, atravesada por cada lado por sendas fisuras perfectas. La de la derecha parecía necesitar menos cantidad de bong, así que rápidamente inicié el ataque a lo alto de la columna, que era un triángulo plano a tan solo 25m del gigantesco techo de salida.

Yvon, recurriendo por última vez a nuestras rurps y knife blades, abría camino hacia la cresta del Watkins, según el sol iniciaba su puesta. Su tremendo grito de triunfo fue lo que todos llevábamos esperando oír aquellos cinco largos días. Cuando Warren llegó a la repisa, me pidió limpiar el largo de clavijas, ya que sentía no haber contribuido suficientemente aquella última jornada.
Warren Harding, que había sido el inspirador de aquella escalada, y cuya determinación nos había llevado a través del enorme muro final, además de haberse sacrificado con el tema del agua la última jornada (tras cuatro días abrasivos) ….¡me decía ahora que sentía no haber hecho suficiente!. Le pasé mi cuerda, y según limpiaba aquel último largo, me senté a meditar en aquella repisa.

Al fundirse las luces, el valle de Yosemite me pareció más bonito que nunca. Más sereno que ninguna otra vez. Durante cinco días enteros, la cara Sur de este monte había dominado nuestras vidas como solo la naturaleza puede dominar al hombre. Con el esfuerzo terminado, y con el objetivo conseguido, me asistió una conciencia de gran calma que solo antes había experimentado en el Capitán. Y pensé en mi incomparable amigo Chouinard, y en nuestra amistad. Una amistad ahora compartida también con Warren, tan fuerte y duradera como yo jamás había experimentado. Me preguntaba que clase de pensamientos pasaban por la cabeza de mis compañeros en aquello momentos. Por mi mente se paseaba toda la historia de la escalada en Yosemite, desde el indómito Scotsman Anderson, que escaló por primera vez el Half Dome, hasta John Salathé, cuya filosofía y ética ha dominado la escalada aquí durante las últimas dos décadas; y Mark Powell, su sucesor, que nos enseño todo aquello por lo que la escalda puede entenderse como una forma de vida, y la base de una filosofía. Estos hombres, como nosotros mismos, llegaron a este luminoso valle con su espíritu incansable, y con el deseo de compartir aventuras con sus camaradas. Todos llegamos como unos extraños, llenos de aprehensión y dudas. Habiendo dado todo lo que tenemos a la escalada, somos enriquecidos por una experiencia física y espiritual que pocos hombres conocen. Aceptando la dureza como algo natural derivado de este esfuerzo, se nos recompensa con un regalo de victoria y cumplimiento, por el que siempre se está agradecido. Y es por todo esto por lo que cada uno de nosotros venimos a Yosemite. Y es por esto también que regresamos, año tras año.

Mi ensueño fue interrumpido por un grito desde lo alto, y bajo una inmensa luna llena remonte a prusik hasta la cumbre, donde Yvon me aguardaba. Warren se había acercado a la cumbre para ver si alguien había venido a recibirnos. Pero regresó solo, y juntos los tres, asistimos a uno de los mejores momentos de nuestras vidas.
Según descendíamos hasta Snow Creek a por agua, pude ver por última vez a nuestro dorado águila, más bajo que nuestra vista por primera vez. A la luz de la luna, el ave flotaba serenamente, majestuoso como siempre, sin ser perturbado por nuestra presencia, como cinco días atrás.

Chuck Pratt, 1965.



Warren Harding durante la escalada







Y ahora una serie de fotos de escaladas posteriores a este bello big wall:





El diedro de 250m





El diedro





La zona de las rampas









Abandonando el Sheraton Watkins





Largo de salida del Sheraton.






Hacia el Headwall final









En pleno Headwall central





Buscando las lajas de salida hacia el Techo cimero





Largo final en libre, años 80s







3 comentarios:

Jack "Calico" Rackham dijo...

Esos péndulos deben de ser tremendos. La historia es sensacional, y el Harding ese de fliparlo lo duro que era.

Es curioso como organizaban las cordadas. Dos para escalar y uno que sólo se encargaba de petatear. (que debía de ser como que te tocase remar en Galeras)

Kiko dijo...

o no...dependiendo de tu pericia, peso, capacidad de sufrimento, etc

Quique dijo...

¡Que reportajes tan buenos! Un verdadero placer leerlos.Disfrutas cada frase, empapadas de ese espíritu bigwalero clásico.Además acompañados de fotos de entonces y mas actuales.

Muchas gracias. Un gran trabajo.

Saludos