28 diciembre 2007

North American Wall - 1965 (Part I)

Yvon Chouinard en libre durante la apertura, asegurado por una antigua rurp

En contraste con la limpia claridad de la cara sur del Capitan, la roca de esta ruta es oscura, y mala en muchas secciones. El nombre viene del curioso mapa de Norteamérica que la naturaleza parece dibujar en la cara sudeste del risco. Esta fue la primera ruta abierta en el Capitan, sin la utilización de cuerdas fijas. La pared fue reconocida hasta la mitad, pero más arriba del desplome, una retirada sería materialmente imposible. Por muchos años fue considerada como la escalada en roca más técnica del planeta. Recientemente (¡1973!) han sido abiertas varias rutas de una dificultad, al menos, similar. Este es el relato original escrito por Royal Robbins en el Alpine Journal americano de 1965.

(Gallen Rowel, 1973)




La cadena de “Sierra Nevada” es un gigantesco sector de la corteza terrestre, de casi 700 km de largo por 150 de ancho, elevado por un plano de una falla que lo bordea por su flanco este. Sin grandes cataclismos, esta elevación fue lenta y duró millones de años. Y cuando la cadena alcanzó su altura actual, comenzó la era del Pleistoceno, y con ella las glaciaciones. Durante esos momentos de preponderancia glaciar, enormes lenguas de hielo bajaban desde lo alto de la Sierra hacia el Pacífico, y en su lento descenso abrian numerosos valles en U en su flanco oeste. De todos esos abismos, el que supera a todos por sublime belleza es el conocido desde tiempos indígenas como: Yosemite Valley.
Si allí existió un Edén alguna vez, con toda seguridad fue este valle.
También es conocido como el “Valle Incomparable”, por sus increíbles cascadas de agua naturales, cada una con su propia personalidad; por las diversas formaciones rocosas; por los enormes bosques; por sus verdes praderas; y por los caprichosos meandros que el rió Merced dibuja en su fondo.

Pero nada contribuye más a la grandeza de Yosemite que ese monolito de 1000m de altura que se encuentra a su entrada: el Capitán. Conocido así por comandar la atención y el respeto de todo visitante que entra en el valle. Su luminosa roca ígnea es conocida como “granito del capitán”. Desde el sur hasta el oeste, cuatro grandes rutas discurren por su hospitalaria estructura rocosa. Pero su cara sureste es diferente, y es por el diferente granito que muestra: una frágil diorita negra. Esta zona diferenciada forma un brusco mapa de Norteamérica en la pared, que le da el nombre de “North American Wall”. Debido a su imponte aspecto, esta pared se ha conservado virgen, mientras las mas obvias y estéticas líneas de la cara sur eran escaladas. Pero la inevitable atracción de estos muros intactos, finalmente prevaleció, y en octubre de 1963, Glen Denny y yo hicimos varios intentos de escalada, y alcanzamos una altura de casi doscientos metros. Fue una escalada artificial bastante inusual, y sus prometedoras fisuras apenas eran practicables. En el tercer largo, casi la totalidad de las clavijas tuvieron que ser atadas en corto, por quedar bastante salidas.


Tom Frost descansa en una repisa durante la apertura



En mayo de 1965, Tom Frost se nos unió en un reconocimiento aun mayor de la pared.
Él fue un feliz fichaje para nuestro pequeño equipo, además de por su talento, por sus grandes reservas de ese importante ingrediente en alpinismo: el espíritu. Y eso sin contar su record en los campeonatos de vela, y sus inigualables logros en escalada en roca, que por otro lado no le impiden ser una persona de gran modestia. Esta modestia, unida al talento y a su carácter alegre, hacen de él un increíble compañero de cordada. Tom escaló de primero el infame tercer largo, y de una manera que me hacía preguntarme si sería el mismo que yo encontré la primera vez.

En tres días conseguimos escalar la mitad de la pared, dirigidos hacia la “Big Sur Ledge”, a casi 400 metros del suelo. Allí empezarían los verdaderos problemas, pero aquella era una excelente repisa desde la que coordinar la operación. Al cuarto día, rapelamos hasta la base, con los últimos cuatro rápeles montados en roca completamente lisa. Según preparaba el último de ellos, dos pequeñas ranas surgieron de una fisura, y se subieron alegremente sobre los pitones que acababa de colocar.

Planeamos regresar en otoño para un intento definitivo a cumbre, pero no dejamos cuerdas fijadas. La era del asedio a las paredes mediante cuerdas fijas, forma parte del pasado de Yosemite. Esta era fue inaugurada por Warren Harding en el espolón sur del Capitan. Tras esta ascensión, esas técnicas cayeron en desuso. De todos modos, su superación fue simbolizada por la primera ascensión al Mount Watkins, también de Yosemite, realizada de un tirón y durante cinco sofocantes días de agosto. Harding se hallaba entre el equipo aperturista. Del mismo modo, nosotros esperábamos poder escalar la North American Wall con el estilo más clásico posible. La escalada de asedio asegura el éxito, pero le quita al alpinismo uno de sus elementos fundamentales: la aventura. ¿Que diversión hay en este juego cuando las probabilidades están en 100 a 1 a nuestro favor?

Estábamos medio convencidos de que lo mismo alguien escalaba la pared antes de que nosotros regresáramos, pero cuando Tom y yo regresamos a Yosemite, la pared aún aguardaba virgen. A mediados de octubre la Sierra aun estaba dominada por un verano Indio. El río Merced había perdido su originaria vitalidad, y estaba transformado en un arroyo entre dunas arenosas. Las estupendas cascadas del mes de junio, habían desaparecido. Los robles y los arces ya vestían sus trajes otoñales; y cada bruma del atardecer se deslizaba hacía el oeste y llenaba el valle, algo bastante inusual para estas fechas. Entonces recibí una carta de Glen Denny diciendo que no podía venir. Esta fue una gran pérdida Pero habíamos invitado a Chuck Pratt, y afortunadamente, Yvon Chouinard estaba también en el valle. Así que le persuadimos para que nos acompañara.

Todos nos sentíamos igual ante esta escalada. No era una pared atrayente. No tenía la elegancia ni la majestuosidad de la cara suroeste. La oscura y traicionera roca, la dificultad de una retirada debido al fuerte desplome, y las diversas travesías unidas a la ausencia de ruta natural eran la causa. Y todo esto además a la aparente necesidad de burilar demasiado, nos dejó algo desilusionados de partida. Una buena parte de cada uno de nosotros no quería meterse en el fregao, pero otra estaba muy tentada por conseguir la última gran pared virgen de Norteamérica. Quizás sería una gran aventura debido a esa oscura apariencia. Pero Chouinard pronosticaba nuestra perdición. La mala suerte cosechada por él en el Capitan con anterioridad, le tenía convencido de que arrastraba una negra nube sobre si mismo.



Chuck Pratt e Yvon Chouinard durante los preparativos


Esperamos a que se redujese el calor. La cara sureste es un verdadero problema con calor. Su concavidad genera una especie de horno, protegido de las brisas del oeste por el espolón sur. Pero en un momento de mejora, nos vimos obligados a entrar en la pared.
A media tarde del 22 de octubre, con un dulce supurar por cada uno de nuestros poros, comenzamos la aproximación de suministros a la base. Tom Frost e Yvon Chouinard escalaron el primer largo y dejaron una cuerda puesta, y esa noche dormimos bajo el muro. Yvon a penas pegó ojo.

A la mañana siguiente, con el sol sobre nuestras cabezas, empezamos a subir. Tom se dio el segundo largo. Un pequeño saliente en el que colgó un anillo se rompió, y le ocasionó una caída. Pero le frenó una clavija, y finalmente se dio el paso con un skyhook (un gancho de tallas variadas que sirve para asirse a lajas, a pequeñas repisas y a prominencias de la pared). Chouinard confirmó mi opinión sobre el tercer largo, y dijo que era el largo de artificial más difícil que había hecho nunca. Y una pequeña caída fue frenada por una clavija “rurp” (una clavija pequeña en forma de cuchilla únicamente usada para progresión en artificial).
A todo esto, Chuck y yo petateábamos los cerca de 100 kilos de comida, agua y material del grupo. Teníamos un calor muy seco, y los 60 litros totales, divididos en 1,5 por persona y por día, que preveíamos, no serían suficientes si aquello persistía.

Pasamos la noche en la larga repisa que llamamos “Mazatlán Ledge”, a unos 150m de altura. A la mañana siguiente, los círculos alrededor de los ojos de Chouinard hablaban de lo poco que había vuelto a dormir. Después del tramo que Chuck dio de primero (hasta pasada la caverna desplomada conocida como “Golfo de California”), pitoné y escalé mediante buriles hasta lo que llamamos “Easy Street”, una gran repisa rota a unos 225m del suelo. Y seguimos escalando obstinados, sin entusiasmo, entre el fuerte calor, y sin saber lo que nos esperaba por arriba…
Al final del cuarto día llegamos al punto más alto que habíamos conseguido en los ataques anteriores. Tom continuó hasta un punto a medio camino en la travesía “Borderline” (de 45m). Esto supuso una maniobra muy peculiar. Desde un mosquetón pasado a un buril (unos 20m más arriba de nosotros), bajamos a Tom hasta nuestra altura, pero separado unos cuatro metros de nosotros. Con una cuerda auxiliar atada a su cintura, le recuperamos y le trajimos hasta nosotros. Entonces, según le teníamos estirado cual goma, le soltamos en péndulo volado hasta bastante lejos. Después de varios intentos, consiguió alcanzar una laja a la que era imposible acceder de otra manera. Entonces procedió a subir por ella tallando en su raquítico borde, y colgando anillos en los pequeños rebordes que iban fabricando. De esa manera subió hasta que tuvo que colocar un buril, debido a una sección completamente lisa. Entonces Tom regresó a nuestra repisa, feliz del trabajo realizado, e Yvon comenzó a dormir bien

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