10 noviembre 2009

Hubo un Pirineo de los pastores ( y 3 )


Operar con la delicadeza que requerían tan magníficos paisajes no ha sido un objetivo logrado. Por fortuna no todo es así, hay acciones también elogiables _pongamos ciertas restauraciones de arquitectura antigua o las protecciones de determinados espacios_ y, sobre todo, pese a las dolorosas pérdidas, la gran montaña aguanta: habría que compensarla con una generosa muestra de afecto, declarando, entre otras cosas, a sus macizos mayores « paisajes protegidos », a todos ellos, no solo a los que no tienen aptitud orográfica, nival o empresarial para el esquí, no esquivando, pues, las cadenas de primer rango, dando cobertura protectora por ejemplo en Aragón al conjunto del Alto Ara, el Caldarés, las cuencas superiores de Panticosa, los circos de Piedrafita, de Arriel, Soba y Garmo Negro, y el valle del Aguas Limpias hasta la Sarra, para remediar en tan sobrebios lugares la inoperancia de lo que ha venido siendo allí y puede seguir siendo una aletargada Reserva de la Biosfera, y para unificar en una figura propia, en un espacio común y con un criterio abarcador los dispersos LIC, ZEPA, Reserva de Caza y puntos de interés geológico que no acaban por asegurar tal conjunto.




Aparte de que no se entiende bien que se sustraigan en la política prioritaria de conservación tales montañas de primer rango y se amparen ámbitos de segunda fila, la propuesta anterior es realista, pues ahí está nuestra obligatoria adecuación al Convenio Europeo del Paisaje con ofertas concretas de protección, y los lugares dichos lo están pidiendo _los lugares, insisto, los roquedos, los hayedos, los paisajes, no hablo de sus responsables_.



Lo que aquí vale, lo que atrae, sin lo cual no habría nada que ofrecer ni que guardar ni querer ni cuidar ni si quiera vender es la esplendidez de estas montañas, los valles armoniosos con sus restos de una arquitectura rural llena de personalidad y belleza, el conjunto de prados, arboledas y panoramas en sosiego, los bosques nobles de tan admirable vegetación, los torrentes de aguas transparentes, las cascadas, los escarpes, las repisas perdidas, los rellanos colgados con ibones profundos y misteriosos, los roquedales que alternan con praderas floridas, los altos riscos con nieve en las fisuras y paredes oscuras o brillantes, las crestas rocosas perfiladas en la nube, la cima remota y el glaciar de grietas azules. Estos son los lugares. Dotados del marcado estado estacional de sus paisajes, cuya repetida rotación completa los constituye, solo se les llega a conocer con atenta permanencia.




Las reacciones de defensa de los paisajes pirenaicos han sido inmediatas porque el sistema de transformación, cuando se emprende, no tiene tregua ni contemplaciones y fisonomías seculares pasan en días a aplanamiento y en meses a sustituciones. Hemos tenido que solicitar indultos para un valle y para el entorno de un lago que estaban secretamente marcados en los planos de las empresas como áreas esquiables, sin que quienes deberían por obligación defender los lugares se dieran por aludidos, pues, al contrario, todo indica que estaban igualmente esperando, más cercanos a las empresas que a los sarrios, la oportuna circunstancia que reuniera favorables opciones políticas, financieras y de demanda para iniciar las obras. Muchos se sumaron, en cambio, a la defensa del valle con tal entusiasmo que debería agradecérselo alguien en nombre de dichos lugares, pero, entretanto, no he recibido noticias de que la gran máquina roedora de paisajes se haya desviado un milímetro de lo marcado en esos planos. Lo que si he conocido es aquello que comentaba el historiador Johan Huizinga respecto a unas frases del Elogio de la locura : « el que arranca las máscaras en la comedia de la vida es apartado a un lado ».


Texto perteneciente al libro "Miradas sobre el paisaje" de Eduardo Martínez de Pisón.

06 noviembre 2009

Hubo un Pirineo de los pastores (segunda parte)




... En los valles ha sido por un lado la implantación de embalses y la transformación urbanistica y funcional de los viejos pueblos; en la montaña media, la decadencia ganadera y la ampliación de las estaciones de invierno o la remodelación del viejo balneario cargado de caracter y de valor por un producto arquitectónico en serie, un « no paisaje » más ; en la alta montaña, la creciente turistización: a veces ocurre que al haber frecuentación en una montaña, se hace allí un refugio y, como se amplía el refugio se incrementa la frecuentación y, finalmente, el corazón de esa montaña acaba con un gran hotel, una carretera de acceso y la consiguiente masificación no por la atracción de la montaña sino por la de su equipamiento. No todas las urbanizaciones_sin dejar de serlo, lo que ya es una intrusión_son iguales : las hay mejores y peores. Unas se han instalado en prados colindantes con los cascos, otras en los mismos cascos llevándose por delante edificios tradicionales y textura del caserío ; unas son de estilo neoaranés, otras de gélido concepto de arquitecto contemporáneo ; algunas respetan los cánones externos del caserío original y las hay que crean pueblos de nueva planta más o menos pseudopirenaicos sobre despoblados.






"A veces ocurre que al haber frecuentación en una montaña, se hace allí un refugio y, como se amplía el refugio se incrementa la frecuentación y, finalmente, el corazón de esa montaña acaba con un gran hotel, una carretera de acceso y la consiguiente masificación no por la atracción de la montaña sino por la de su equipamiento"



Estos últimos son un nuevo fenómeno geográfico, los poblamientos postizos asociados explicitamente al doble motor venal del golf y del esquí. Son estas poblaciones como
« majadahondas-2 », el mismo esquema de arquitectura y urbanización de periferia urbana, como primera residencia trasladado a la segunda, a pie del territorio de ocio, pero no exactamente o plenamente en él, sino como aún en casa.

Aparte de cuestionar su mismo sentido de fondo territorial, paisajístico y cultural, percibo además como insegura _quizá por mi falta de instinto financiero_ la supuesta solidez empresarial de estas promociones. Habida cuenta que, por ejemplo, en la Val Ancha quedará un casco modélico de este tipo de núcleos junto a una nueva autovía _¿construida aquí para quién o para qué ?_ , está permitirá allí, primero, un facil « de puerta a puerta » en el trásnsito desde el lugar de origen, es decir, sin notar una salida del sistema urbano, y, segundo, de cara al acceso local al ocio-montaña, será como si hubieran trasladado la montaña para uso temporal a ese lugar de origen, más que al revés, dada la homogeneidad formal del habitat en terreno pirenaico con el del punto de partida ciudadano.

Nada de meterse en un pueblo, nada de aprecio por lo autóctono y vernáculo, salvo en ornatos secundarios imitativos de un alero o de una galería. En otros principios, un viejo libro pirineísta de Josep Ribas decía : « ni terreno de juego ni museo, el paisaje evoca una civilización », el acuerdo de los hombres con su cuadro.

En estos casos se ha conseguido el fenómeno chocante de superponer a pueblos despoblados unos poblados sin poblar. Habría que hacer un estudio sociológico de los habitantes (o compradores sin habitar) que han adquirido esos poblados, sobre su estructura y sus comportamientos, porque constituyen núcleos insólitos en la montaña, a veces de bastante tamaño, con población homogenea en sus poderes adquisitivos y en sus propósitos de ocio, implantada sin arraigo.

Sin duda la oferta es la misma montaña, la de invierno y verano como distracción urbana y eso genera, más allá de la urbanización, su morfología y su sociedad, una función nueva de uso intensivo del territorio circundante, potencialmente perturbador para los requisitos de apartamiento, naturalidad, soledad y silencio que la naturaleza de la montaña, apartada, solitaria y silenciosa, requiere para seguir como tal.


En muchos casos se genera una función nueva de uso intensivo del territorio circundante, potencialmente perturbador para los requisitos de apartamiento, naturalidad, soledad y silencio que la naturaleza de la montaña, apartada, solitaria y silenciosa, requiere para seguir como tal.


Por lo tanto, ¿hay que actuar para preservarla al mismo compás marcado por la transformación territorial derivada de estas nuevas maneras de producción o hay que dejar que las cosas sigan su curso, sea cual sea éste, por ejemplo el derivado de los señuelos inmobiliarios ?



Continuará...


(Estractado del libro "Miradas sobre el Paisaje", de Eduardo Martínez de Pisón)

02 noviembre 2009